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 Cine para educar
Lluís Prats. Cine para educar. Belaqua. Barcelona, 2005 (fragmentos de la introducción)
Muchos son los estudiosos del cine que han constatado el poder ideológico y transmisor de contenidos del medio cinematográfico. Godard hablaba de él como de un nuevo país en el mapa, un país que no aparece en los atlas de geografía, pero al que viajamos con mucha frecuencia. Para Élie Faure, su poder de convicción y el profundo mensaje moral eran tan grandes que el cine era para él "una mezquita, una pagoda y una catedral al mismo tiempo", y para él, lo mismo que para Epstein, significaba un medio con un gran poder de convicción, un tremendo instrumento doctrinario, un arte total de masas. "La película aporta el medio de decir todo y de conocer todo mediante imágenes que basta contemplar y, un poco, escuchar."

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Podremos o no estar de acuerdo, pero las situaciones planteadas en los filmes y su modo de resolverlas determinan visiones de la vida. ¿Acaso no hemos aprendido en el cine el sentido de los valores y no recibimos buena parte de nuestra educación sentimental viendo películas? Entre otros filósofos y pensadores que han estudiado la incidencia de estos medios, el filósofo Julián Marías señalaba hace pocos años que "la gran potencia educadora de este siglo xx que se acerca al final es, sin duda, el cine. No es excesivo decir que el cine es el instrumento por excelencia de la educación sentimental de nuestro tiempo".

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El cine nos entretiene más o menos, pero no nos deja indiferentes. Sus mensajes y contenidos ideológicos, las soluciones que plantea, nos condicionan porque es transmisor de actitudes y de modelos de conducta. Esto lo conocen muy bien algunos productores como el inglés David Puttnam, un profesional del séptimo arte que siempre ha tenido una sensibilidad especial para esos proyectos que aportan un mensaje, los que podríamos llamar educativos o más comprometidos con ideales humanos. Puttnam, productor de películas tan conocidas como Carros de fuego (1981), Los gritos del silencio (1984) o La misión (1986), como muchos otros directores europeos y algunos norteamericanos, carga contra parte del cine que se realiza desde hace años en Hollywood atendiendo sólo a la cuenta de resultados del producto.

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David Puttnam subraya el poder enorme de las imágenes cinematográficas y el de los productores en la selección de proyectos y en su enfoque. En unas declaraciones recientes citaba varias películas que constituyeron una parte importante de su educación. Una de ellas es la que protagonizó Spencer Tracy La herencia del viento, un filme que trata sobre la libertad de expresión y la intolerancia, en definitiva, sobre algunos de los derechos fundamentales de las personas, que no poseemos porque estén reconocidos por algún organismo internacional sino por el hecho de ser hombre o mujer. El productor británico cita también la influencia que ejerció en él la historia de Tomás Moro en Un hombre para la eternidad: "Recuerdo haberla visto cientos de veces, no por sus cualidades fílmicas, que las tiene, sino por el efecto que producía en mí, el hecho de salir, de permitirme esa enorme presunción de salir del cine pensando: 'Sí, yo también hubiera dejado que me cortaran la cabeza para salvaguardar un principio.' Sabía de sobra que no era así, y probablemente nunca encontraría a nadie que lo hiciera, pero el cine me permitió ese sentimiento; me permitió que, por un momento, sintiera que todo lo decente que había en mí se había puesto en pie. Eso es lo que el cine puede conseguir."

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Para un ser humano que no vive aislado sino en sociedad, exigir los derechos fundamentales de las personas es una responsabilidad que distingue a los colectivos que están civilizados de los que no. Conquistar esos derechos ha costado muchas vidas y muchas luchas como se demuestra en Daens o en Michael Collins, dos personajes que luchan para dar a los demás lo que les corresponde por derecho. El tema del racismo, de la igualdad de las razas, ha sido llevado a la gran pantalla en numerosas ocasiones. La igualdad de todos los seres humanos ante la ley queda reflejada en Adivina quién viene esta noche, Grita libertad o Amistad. Es una temática sobre la que hay películas también para los más jóvenes, como lo es La fuerza de uno, ambientada en la Sudáfrica de mitad del siglo XX.

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A veces no seremos nosotros los que suframos, pero sí que sentiremos la urgencia de solidarizarnos con la desgracia ajena, como en El hombre elefante de David Lynch. Porque ser capaces de sentir emociones y compadecernos de los sufrimientos que padecen los demás nos humaniza y nos hace mejores. Otra faceta de lo mismo es aceptar las diferencias, convivir con ellas, y esto no siempre resulta fácil. Como no resulta sencillo aceptar al hermano autista de Rain Man, a un chico con síndrome de Down en El octavo día, a las personas muy limitadas en La fuerza de un ser menor, al hombre desequilibrado en Una mente maravillosa o al ser discapacitado en El inolvidable Simón Birch, que como cualquier otro ser humano es capaz de los gestos más heroicos.



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