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 Cine y Derechos Humanos
Nacho Jarne Esparcia. Making Of, cuadernos de cine y educación. Nº 45, 2006. Especial Derechos Humanos
El cine, que en muchas ocasiones ha sido un vehículo para transmitir consignas políticas e ideologías moralmente deleznables, puede servir para crear personas críticas con su entorno y con las injusticias que se producen en él; el cine también puede resultar útil para lograr el objetivo común de educar en la paz y el respeto hacia todos los ciudadanos del mundo. Obviamente no somos tan ilusos de creer que una película pueda llegar a evitar un conflicto bélico. En lo que sí creemos es en el poder evocador y formativo del cine; en su capacidad para crearnos todas esas inquietudes que nos ayuden a olvidarnos de nuestro habitual conformismo y nos permitan observar, desde una perspectiva más crítica, el mundo que nos rodea. Por ello, y porque creemos firmemente en los derechos de todas las personas, creemos que merece la pena el esfuerzo.

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¿Existe un cine sobre los Derechos Humanos? Me temo que no, que la respuesta más correcta sería decir que existen películas en las que la defensa de los Derechos Humanos, como concepto general y forma de entender la vida, está presente.

Pero desde otro punto de vista sí. Pues todos aquellos filmes cuyo mensaje defiende la tolerancia sobre la violencia, la palabra sobre la acción, los derechos sobre las imposiciones se podrían considerar como tales. Y de ellos, a lo largo de la historia del cine, tenemos infinidad de ejemplos. A este respecto es importante señalar que para trabajar un ámbito como éste, no sólo es necesario tratar películas que traten grandes temas relacionados con los Derechos Humanos: también se ha de educar para combatir las pequeñas injusticias cotidianas. ¿Acaso el acoso entre compañeros no es una forma de violencia como otra cualquiera? Muy a menudo olvidamos este tipo de realidades.

Muchas veces pensamos que el cine puede ser entendido como un arte, como un espectáculo capaz de embelesar a miles de personas, como una industria del entretenimiento que mueve miles de millones y genera infinidad de puestos de trabajo, como un medio de comunicación capaz de influir sobre una gran masa de espectadores... El cine es todo lo dicho y aún más, el cine es también un medio a partir del cual se pueden trabajar los derechos de las personas e inculcar una serie de valores y creencias que influyen de forma determinante sobre el espectador.

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Para muchos puristas del medio -o para los defensores de la filosofla del "todo vale"-, hablar de los valores que transmite el cine, implica sacar al medio de su contexto habitual. Pero, ¿alguien se imagina que le pidiéramos a la literatura que se limitara a entretener, sin transmitir ningún tipo de valores o creencias? ¿Realmente consideramos que el cine es un medio tan ingenuo como para no considerar que sus imágenes no emanan ningún tipo de ideología? Creer esto resulta a todas luces absurdo. La ficción narrada es un poderoso medio que puede permitir ver lo que no se ve a simple vista, transmitiendo valores y creencias que a veces no resultan tan convincentes y poderosos si los ponemos en boca de un educador, un psicólogo o un pensador humanista.

El cine, ya sea mostrándonos formas de comportamiento social, ya sea creando héroes con unas personalidades y unas formas de entender el mundo muy concretas, ya sea haciéndonos ver como normales algunas situaciones repetidamente proyectadas en la pantalla, ya sea ensalzando o encumbrando determinadas actitudes y comportamientos, transmite una serie de valores y contravalores que nos ofrecen una determinada visión del mundo; valores que, por otro lado, contribuyen de forma evidente a cambiar nuestro sistema de creencias.

Las emociones, los sentimientos que emanan de la pantalla son los que delimitan su capacidad para absorber nuestra mirada, para hacer que las películas nos afecten y nos conmuevan; son las que, en definitiva, nos hacen cambiar y reflexionar sobre las realidades que nos rodean. El poder emocional del cine es tan grande, la fuerza de sus imágenes tan potente, que resulta muy dificil negar su capacidad de influencia. Los creadores cinematográficos son conscientes de todo ello y han aprendido a poner los recursos, tanto los narrativos como los estrictamente cinematográficos, al servicio de las emociones. Una buena película, un filme cuya intención sea la de trascender la mera faceta lúdica, ha de tener también la capacidad de penetrar en la conciencia de los espectadores y hacerles reflexionar sobre situaciones que forman parte de su vida cotidiana.



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